El arte de encajar Tsunamis

La primera sensación que transmite Tokio es el silencio. Parece mentira que una megalópolis de 13 millones de habitantes, que se mantiene como el área metropolitana con el más alto PIB del mundo (esto es, que alguna actividad tiene), suene tan poco. Pasear de noche por sus calles, incluso por las avenidas del centro, es un ejercicio que si se hace en compañía fuerza a bajar la voz, para no llamar la atención de los viandantes.

Buena parte de culpa la tiene el hecho de haber expelido casi por completo de las calles al automóvil, ese molesto destructor de la civilidad del entorno urbano (sólo los taxis y quienes disponen de una plaza de garaje en propiedad o alquiler pueden circular por el centro). Los pocos que se ven son en su mayoría inaudibles vehículos híbridos. La mejora de la calidad de vida que eso representa respecto de las ruidosas urbes de otros países es abismal. Peatones y ciclistas pueden proclamarse casi sin oposición como legítimos titulares de las calles.

Una esquina de Tokio en la noche.

Los tokiotas pueden permitirse el lujo de no usar el coche porque disponen de una de las mejores redes de transporte público del mundo, fiable al 100 por 100 incluso funcionando a su plena capacidad, que es mucha. En hora punta, por las estaciones estratégicas del metro llega a pasar (doy fe) un convoy cada veinte segundos.

Los pasajeros los van llenando uno tras otro sin incidentes gracias a la disciplina con que hacen cola frente a las señales que indican dónde está la puerta (y no apelotonándose de cualquier modo en el andén) y a los agentes reguladores que cuidan de que cada vagón se llene al máximo, pero sin exceder su capacidad. A alguno tanto orden puede parecerle agobiante, pero cuando se trata de mover a millones de personas a la vez, de la forma más eficiente y menos contaminante, no hay otro modo de lograrlo. Y no resulta en absoluto molesto.

Tokio, Japón, los japoneses, son además admirablemente limpios. Las calles, los jardines, el asfalto, los zapatos. Todo parece que acabara de repasarlo alguien. La gente que uno se cruza por la calle viste siempre impecablemente, tiene gusto para conjuntar la ropa y cuida la higiene personal y la de su indumentaria. Nadie huele mal, ni lleva manchas o arrugas.

De nuevo, habrá quien encuentre antipático ese rasgo que acaso revele a ojos de alguno un temperamento maniático y rígido. Pero resulta muy agradable convivir con gente limpia, por ejemplo cuando toca compartir con ella el apretado espacio de un vagón de metro. En tal trance, acudir aseado al encuentro con los conciudadanos es un rasgo de consideración.

Templo en el barrio de Asakusa, Tokio.

La consideración al prójimo se halla continuamente presente en la interacción social de los japoneses. Los muchos de ellos que llevan mascarillas de tela cubriendo nariz y boca no lo hacen por aprensión o para defenderse de una contaminación del aire que resulta bajísima, acaso la más baja entre las áreas metropolitanas del mundo. Algunos de ellos son alérgicos que se protegen del polen, pero en invierno la mayoría son japoneses resfriados que no quieren contagiar a los demás.

Sonarse los mocos es de mala educación, la costumbre nacional es absorberlos hacia dentro. Algo que el viajero que es víctima de un resfriado inoportuno lamenta, avergonzado, haber descubierto después de utilizar un montón de pañuelos consecutivos en algún espacio público. En mi caso, durante las diez horas de un vuelo Dubai-Tokio, ante la mirada espantada de una compañera de asiento japonesa, a la que desde aquí, para el improbable caso de que le lleguen, presento mis disculpas. Por el contrario, sorber ruidosamente la sopa en un restaurante está bien visto. Maneras de vivir, que acreditan lo vano del intento de reducir al ser humano a una etiqueta de corrección universal, en cualquier aspecto.

Es bien sabido que Japón lleva décadas sumido en una interminable crisis económica, pero ya quisiera el resto del mundo vivir las crisis así. El estancamiento de crecimiento no debe ser leído a la ligera: mantenerse en su PIB, aunque le haga perder posición relativa frente a economías emergentes como China o capaces de seguir creciendo como Estados Unidos, equivale a seguir teniendo una capacidad económica colosal, que se nota por todas partes. Japón es un país notoriamente rico, donde la riqueza luce además en el espacio y los servicios públicos, aunque, como en todos los países, haya japoneses pobres que viven en condiciones humildes (y para los que los precios de muchas cosas resultan prohibitivos). Interesantes para acercarse a la vida de esos japoneses de clase trabajadora son las novelas de Shuichi Yoshida (una de ellas, El hombre que quiso matarme, traducida al español y publicada por Destino). Pero hay signos que no pasan inadvertidos al visitante: en el cercanías, en el metro, casi todos los niños y adolescentes, que se mueven en transporte público, y solos, desde edades muy tempranas, portan un iPhone de última generación.

The self help pc tool

Tienda de artículos tradicionales japoneses en Asakusa, Tokio.

Los niños van solos al colegio en el metro o en el en el tren, a veces de una ciudad a otra, porque la seguridad del país es total. No hay miedo a que nadie te robe el bolso si lo dejas descuidado en un café, ni siquiera a mantener enseres valiosos en la vía pública. Las ciudades están llenas de máquinas de vending al aire libre (que en España, por ejemplo, deberían ser blindadas, y aun así serían saqueadas con toda probabilidad).

Con esta idiosincrasia, es fácil entender la disminución que ha experimentado Madrid del número de turistas japoneses, con los que se cebaban literalmente, al ser tan fácil reconocerlos, los descuideros madrileños. Una torpeza de mi ciudad natal no haber reaccionado con más energía y eficacia para protegerlos, de una delincuencia leve, pero molesta y a la postre disuasoria. Nos ha privado de unos visitantes que interesaban mucho más que ese zafio turismo de borrachera en el que merced al alcohol barato los españoles somos líderes indiscutibles.

No todo es idílico, naturalmente, en la sociedad japonesa. Tanta contención se basa en muchos casos en la represión de los impulsos, que a veces se liberan de maneras oscuras, aunque en general también adaptadas al carácter del país. Los japoneses son famosos por sus perversiones sexuales, materializadas en fenómenos como las jovencitas de compañía o los hoteles del amor (lugares de encuentro para parejas, discretos y surtidos de decorados para todo tipo de fantasías), aunque conviene aclarar que en muchos casos son más inocentes de lo que nos parecen: a veces la jovencita simplemente habla con el cliente y le dice lo que quiere oír mientras le saca todo lo que puede en champán y otros lujos, y los hoteles del amor son también lugar de encuentro de parejas sin sitio.

Más desagradable es la tendencia a la borrachera: ésta suelta al animal que el japonés tiene dentro, que ebrio pierde toda esa conciencia de la distancia con los demás y puede incurrir, por la represión diaria, en cualquier exceso, desde el piropo grosero hasta la insinuación sexual que cualquier joven japonesa de buen ver refiere haber sufrido más de una vez en lugares públicos a cargo de hombres bebidos. En cualquier caso, el exceso rara vez cruza la línea de la violencia.

Entrada a un hotel del amor, Tokio.

Quizá el aspecto menos presentable, bajo nuestros estándares, sea el de la postergación de la mujer y su supeditación al hombre. Muchas japonesas, incluso con instrucción universitaria, asumen que su papel en la vida es dejar de trabajar para servir a su marido, es muy escasa su presencia en papeles de poder y aún hace sólo unas semanas en la Dieta (el parlamento) un diputado varón mandó callar a una diputada recordándole que las mujeres no tienen criterio ni merecen ser escuchadas. Alguna española residente en Japón refiere que las japonesas a las que conoce poseen dos personalidades completamente distintas: cuando hay hombres presentes, recatadas y sometidas, y cuando los hombres no están, momento en que dan rienda suelta a todos sus impulsos, desde la charlatanería y el cotilleo hasta la mordacidad hacia sus semejantes. Es muy frecuente, en los matrimonios, que después de tener hijos el hombre haga su vida sexual de puertas afuera de la casa, sobre la premisa, comunmente aceptada, de que la esposa ha perdido todo interés.

Ya lo señalaba en España, no hace mucho, la escritora Mitsuyo Kakuta, cuya novela La cigarra del octavo día ilustra bien esta situación, a través de la vida de una joven seducida y abandonada por un hombre de mayor edad y posición. Esto no impide que haya mujeres brillantes, influyentes y poderosas (quedarse en segundo plano viene a ser una elección personal, no el fruto de las reglas vigentes, sino de una tradición que pesa aún con intensidad sobre muchas japonesas). Incluidas algunas ministras, aunque dos de ellas tuvieron que dimitir recientemente, por un escándalo de corrupción.

El famoso cruce de Shibuya, en Tokio, de noche.

Japón, en su extrañeza, seduce y agrada al visitante a partes iguales. Tiene, eso sí, muchos aspectos difíciles de entender para un viajero europeo, como por ejemplo la eventualidad de sus casas: la mayoría de los inmuebles son nuevos, los derriban cada quince o veinte años para levantar uno más moderno y más resistente a los frecuentes terremotos, lo que hace que de un día para otro desaparezcan tiendas, viviendas, establecimientos. Lo comprobé cuando mi generosa guía en uno de los paseos que pude dar por Tokio trató de llevarme a un café que le gustaba y nos encontramos con un edificio para ella desconocido y una tienda de ropa en sus bajos.

En la conversación que mantuvimos en el Instituto Cervantes de Tokio (a cuyo personal debo agradecerle la exquisita atención y organización) junto al escritor español Ignacio del Valle (autor de la exitosa trilogía de Arturo Andrade, compuesta por las novelas El arte de matar dragones, El tiempo de los emperadores extraños y Los demonios de Berlín) y el japonés Go Osaka, quedaron de manifiesto las distancias y el desconocimiento recíproco, que se concreta en la dificultad que existe para que viaje la literatura de un idioma al otro, excepción hecha de unos pocos nombres muy consagrados. En el caso de Go Osaka, autor no traducido al castellano, la incomunicación es más sangrante porque buena parte de sus historias se sitúan en la España de mediados del siglo XX.

Shinjuku-Tokyo

Vista nocturna de Shinjuku, Tokio.

Uno de los mejores recuerdos que me llevo de Japón es una visita a Kamakura, antigua capital del país entre los siglos XII y XIV, a unos cincuenta minutos en tren de cercanías de Tokio. Todo un contraste con la actual capital: un paisaje de templos entre montañas, bosques y jardines cuidados con un mimo llevado a ese punto extremo de equilibrio que representa el arte zen.

Tan interesante como los templos fue la conversación con mi guía, el señor Nakanishi, un hispanista aficionado a la zarzuela que residió varios años en Madrid en la década de los 70 y que, aparte de saberse todas las historias de Kamakura y de cada uno de sus templos y edificios, atesora un montón de historias más. Empezando por la suya propia: nacido en 1944 en Hiroshima, vivió un año después en primera fila lo que ustedes se imaginan. No lo recuerda, pero sí, forzosamente, que la bomba acabó con su padre y su abuelo. Su padre, que estaba de permiso (trabajaba entonces en Tokio), fue a visitar aquel fatídico día de agosto a su abuelo, que vivía a cien metros del punto exacto sobre el que los norteamericanos arrojaron la tristemente famosa Little Boy.

Nunca más se supo de ninguno de los dos. Él bromea y dice que aquella experiencia, vivida tan de cerca, según le dicen los amigos, lo dejó un poco tocado de la cabeza. Más serio, confiesa que los mayores nunca quisieron contarle lo que vieron aquel día, sobre todo al caer la tarde y por la noche, cuando empezaron a llegar a los barrios exteriores los supervivientes de los barrios más próximos al impacto.

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Templo en Kamakura, Kanagawa.

Pero el señor Nakanishi tiene más historias curiosas, como la del japonés que combatió en la Guerra Civil española en las Brigadas Internacionales, un tipo que estaba en Nueva York en el 36, trabajando como cocinero, y que decidió enrolarse en la Brigada Lincoln y acabó sus días, parece ser, en la batalla de Brunete, tan lejos de su país del Sol Naciente. O la de los dos mochileros japoneses que en los 70, viajando por España, decidieron enrolarse en la Legión para ganar algo de dinero y cuando vieron dónde se habían metido pidieron ayuda a la embajada japonesa para que los librara de las consecuencias de su ligereza.

Según cuenta, la embajada contrató a un abogado y, cuando éste consiguió arreglarlo, se encontró con que los dos legionarios nipones dijeron que no aquello estaba tan mal. Quizá no sea raro: lo que inspiró el código de comportamiento de los legionarios al fundador del cuerpo, Millán Astray, no fue otro texto que el bushido, el código de honor de los antiguos samuráis.

Aunque me comenta el señor Nakanishi que el famoso lema de la Legión, legionarios a luchar, no es muy coherente con el ideal guerrero de los samuráis, que era justamente evitar el combate, persuadiendo al oponente, por la vía de la presión psicológica, de que bajo ningún concepto podría alcanzar la victoria.

Quizá el más espectacular de los monumentos de Kamakura sea el Buda gigante de bronce, que desde hace ocho siglos se alza a unos 500 metros del mar. Antes tenía un templo que lo cobijaba, pero ahora está al aire libre. La culpa fue de un tsunami que en el siglo XV se llevó el templo pero no pudo con el Buda, de más de 13 metros de alto, que sigue sentado en paz al abrigo de unas colinas.

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El Buda gigante de Kamakura, Kanagawa.

Quizá sea una buena metáfora del carácter de los japoneses, un pueblo que ha tenido que enfrentarse a la naturaleza y ha sabido dominarla, en lo que se podía, y soportarla, en lo que resulta indomeñable. Unos asombrosos peritos, podría decirse, en el arte de encajar tsunamis. Quizá su ejemplo resulte inspirador, para quienes en otras latitudes nos vemos expuestos a otra suerte de tsunamis, no físicos, pero potencialmente devastadores. Ellos lo han logrado con disciplina, respeto al prójimo y solidaridad. Ahí queda la pista.

Historia original por Lorenzo Silva.

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